domingo 6 de junio de 2010

Controversias que genera el tapadismo

El tapadismo es un tema de discusión sumamente controvertido. Unos dicen que está bien y otros que está mal. A unos les parece una cuestión política y a otros les parece cultural. No, no me refiero a nuestros "tapados", aquellos personajes que aparecían en los cartones de los periódicos con la cabeza cubierta por un paño dejando al descubierto sólo los ojos cuando el tiempo de elecciones se acercaba y se daba por sentado que, al serle removida la servilleta de la cabeza se vería ni más ni menos que al próximo presidente de México. No, no voy a hablar de las épocas doradas del PRI, que ahora, quizás, gracias a la memez de muchos conciudadanos veamos revivir. No, hoy no quiero hablar de política nacional. Hoy me voy a meter con el tapadismo literal: el trapo que las musulmanas se ponen en la cabeza para cubrirse.
Mucho se ha llevado y traído la discusión en distintos parlamentos europeos. En Suiza, por ejemplo, se habla de que si los cantones en su totalidad están de acuerdo, se llevará la discusión a las cámaras para ver de eliminar la cubierta con que las musulmanas tapan sus cabezas y partes de su anatomía. En Bélgica y Francia se ha llevado un paso más allá: no sólo se trata del trapo, sino que se han buscado todas las disculpas jurídicas posibles en el asunto. Sarkoszy ha llegado a decir que se trata de defender la laicité del estado francés, ya que, según el ínclito mandatario, el velo, o burqa, es una manifestación eminentemente religiosa. Han llegado al extremo de decir que, tras el asalto a una joyería francesa por un par de individuos envueltos en el famoso trapo, su eliminación se ha convertido ya en un asunto de seguridad a efectos de identificación policial, ya que se trata de ver la cara, literalmente, de la gente que transita por las calles, no vaya siendo un delincuente disfrazado de modesta esposa o hija musulmana.
Las reacciones, por supuesto, no se han hecho esperar. Los más virulentos grupos feministas alegan que está bien que se prohíba su uso, que el velo es un elemento de sojuzgación femenina anticuado y retrógrada. Han llegado a bramar, presas de su entusiasmo, que incluso atrás de una fémina tapada se esconde un marido golpeador y ¿por qué no?, hasta asesino en potencia. Feminicida, perdonen ustedes. Los grupos xenofóbicos, de esos que no faltan en Europa, alegan que el uso de la burqa es una burda imposición por parte de los musulmanes, que se niegan a integrarse a las sociedades a las que emigran y que, por el contrario, buscan que las sociedades los asimilen sin cuestionamientos. Me pregunto si las usuarias de la burqa son las únicas que supuestamente buscan dicha cosa, ya que, en mi parecer, muchos grupos étnicos hay que no sólo no buscan integrarse sino que hacen hasta lo imposible por autosegregarse. Y los más fanáticos, esos que se creyeron el cuento de Osama Bin Laden, creen que se trata realmente de una movida del mundo árabe por establecer su hegemonía a nivel mundial. No lo van a hacer de un día para otro, argumentan, sino que, con la burqa como comienzo, pretenden terminar con los valores occidentales-los que sea que estos sean, ya que quienes se suscriben a dicha teoría nunca tienen la decencia de informarnos cuáles son esos valores-e imponer poco a poco una tiranía teocrática-musulmana, desde luego-, encabezada, supongo, por el Ayatolah, y el mundo, en poco tiempo, se verá inundado de muezzines ciegos llamando a la oración desde las alturas, tanto de la Torre Latinoamericana como de la Torre Eiffel. ¿Cómo se llegó a la teoría de Pinky y Cerebro? No lo sé. Si alguien tiene idea de cómo se puede ir de el uso de un trapo a la dominación del mundo, le agradeceré que me lo explique.
Los defensores del tapadismo tampoco faltan a la contienda. Por un lado, están los musulmanes tradicionalistas, que dicen que está bien que la mujer, por un asunto de modestia, "cubra su rostro a las miradas impertinentes y lascivas de los hombres", y que, en un mundo donde abundan las violaciones, una mujer cubierta salvaguarda su integridad mejor que una que va por la vida medio encuerada. Por otra parte, tampoco faltan los talibanes-literalmente-, quienes afirman que la mujer, al ser la tentadora por definición, debe de ir cubierta para evitar despertar las bajas pasiones de los hombres. Claro, como si fueran animales. Y hay aún un tercer grupo, que dice que el Corán, en ningún lado, obliga a las mujeres a taparse, que el tápalo, más bien, es una cuestión tradicional y que lo usa la que así lo prefiera. Y más aún: se puede optar por taparse enteramente o solamente la cabeza, medida de mucho sentido común si se piensa en las infames temperaturas donde el uso del trapo se generalizó.
Poco se escucha, sin embargo, a las opiniones que no se cargan ni de un lado ni de otro. Me refiero, particularmente, a los que nos suscribimos a la idea de que cada quien ha de vestirse como le venga más en ganas. Porque, y lo más curioso del asunto, a las propias mujeres musulmanas nadie les ha preguntado qué piensan de su trapo. Y cuando les preguntan, las respuestas son pasmosas. Pasmosas, claro, para el occidental promedio y para la feminista, ya que pocas veces estas damas dicen lo que uno supone que dirían. Porque dichas mujeres han dicho, una y otra vez, que sin el trapo no se hallan, como quien dice. Hace tiempo, leía yo un artículo sobre unos gimnasios exclusivos para damas, una de cuyas sucursales se encontraba en El Cairo, y ponían un ejemplo muy curioso. Una clienta llegaba por la mañana, se metía al vestidor, salía con sus mallas de likra, muy apropiadas para hacer ejercicio, su top deportivo, sus tenis y comenzaba su sesión. La dama en cuestión hacía uso de las máquinas de pesas y las caminadoras, y, al terminar su entrenamiento, iba a las duchas, tomaba su baño, se entrapajaba de pies a cabeza y salía del gimnasio muy campante. Al preguntársele que por qué usaba el trapo, la señora contestó que sin él se sentiría muy incómoda. Otro caso, tomado de un artículo que discutía las polémicas en torno al trapo, presentaba el caso de una musulmana trabajadora que, al terminar su turno, iba al baño, se maquillaba y se colgaba su burqa, como si tal cosa. Cuando un metiche le preguntó que para qué se maquillaba si nadie la veía, contestó, riéndose un poco del preguntón, que se maquillaba para sí misma, no para que la vieran, y que con su trapo se sentía protegida.
Las feministas, al leer este tipo de comentarios sobre el trapo, lo primero que hacen es brincar. Cuando se les dice que es justamente la nueva generación de musulmanas, muchas de ellas nacidas ya en países occidentales como Francia, que tiene la comunidad musulmana más grande de Europa, la que ha vuelto a adoptar el velo, aúllan, literalmente, que son mujeres a las que les han lavado el cerebro con tal de seguir con el esquema de dominación machista ejercido de manera soberbia por los musulmanes inseguros y ridículos. Y yo me pregunto: si dichas mujeres provienen, como algunas aseguran, de familias donde la madre jamás usó la burqa, ¿qué tienen las feministas que decir al respecto? Si hay cada vez más conversas al Islam en países como Francia y Bélgica, que libremente eligen taparse, ¿qué hay que decir al respecto?
La postura feminista es irrisoria. Y lo es porque, por un lado, hablan de empoderamientos femeninos y demás, hablando de que el trapo es una imposición machista, pero cuando se les voltea la tortilla y se les avisa que hay mujeres que se tapan por propia voluntad, porque ellas así lo deciden, alegan que les lavaron el cerebro. Por fin, señoras, ¿somos o no somos? ¿No será que el feminismo ahora está buscando respuestas para todo, quedándose atrapado en un berenjenal de contradicciones que se exhiben de manera flagrante en casos como éste? Porque a mí así me suena. Si una mujer dice que la tapan, malo. Si dice que ella quiere taparse, peor. ¿No se está cayendo en una especie de trampa, en donde, lo que las feministas dicen ha de ser razón por todo y para todo? ¿No será que el feminismo, así como las doctrinas de izquierdas, está queriendo tener la carta ganadora al final, y que, al ser esgrimida por el feminismo automáticamente trumps everything else, aunque sea una contradicción o una paparrucha?
La cuestión del poder de decisión, al parecer, está siendo olímpicamente ignorada, tanto por quienes apoyan la medida de destapar a las mujeres como por quienes critican que haya quienes optan por taparse. Y así, señores, no hay discusión posible, porque en medio quedan, justamente, las voces de aquéllas a quienes es políticamente incorrecto escuchar, cualquiera que sea su posición: las tapadas. Los gobiernos las quieren destapar, el feminismo las quiere destapar, cada uno por sus muy peculiares razones, cuando ellas quieren seguir tapadas. Y justamente, si no se les incluye en la discusión, no hay conclusión válida. Todo se limita a imponer, a decidir unos cuantos por muchos, a quienes se afectará de manera directa sin habérseles consultado en nada qué es lo que piensan, ya por no decir que no se les tomará en cuenta, a menos que digan lo que todos quieren escuchar.
Ah, chirrión...¿les suena conocido?

P.D.: Disculparán mis queridos lectores que haya introducido la opción de moderación de comentarios, pero, donde termina la libertad de algunas gentes de entrar a invadir blogs, perfiles y todo lo demás, empieza mi libertad de gestionar mi espacio conforme mejor me dé la gana...para eso es mi espacio.

domingo 17 de enero de 2010

Somos (pejistas) o no somos (pejistas): he ahí el problema. La danza de la incoherencia, parte I

Nota aclaratoria: no sé si el tema dé para más de una parte. Como sea, quisiera dejarlo abierto, por si en algún momento de la vida se me ocurre continuarlo. Aclarado el punto, vamos al contenido.
Los borrachos son tan consustanciales a las fiestas decembrinas como los arbolitos navideños mismos. También, hay que admitirlo, en México nos encanta la juerga. Ya no nos contentamos con las nueve posadas de rigor. Hay quienes corren el afamadísimo maratón Lupe-Reyes, que en últimos años se ha convertido en Concha-Reyes, y los atletas más avezados en tan folklórico deporte lo extienden incluso a Lupe-Candelaria. Por eso no es de sorprender que nuestra administración local, en ánimo de mejor pilmama, se decidiera, hace unos cuantos años ya, a poner en funcionamiento el programa del acoholímetro, o dicho en jerga oficial, "Conduce sin alcohol". La angustia hacía mella en los alumbrados conductores cuando, al ir llegando a su casa, o a unas cuantas cuadras de la fiesta, vislumbraban las torretas de las patrullas del retén. Chín, multa, 36 horas a la cárcel administrativa de El Torito y hasta grúa-con lo que eso implica, o sea, gasto de arrastre y aparte el correspondiente pago por el "derecho de piso", o sea, que se tenga al vehículo detenido estacionado en el corralón, lo que suma la friolera de más o menos 700 pesos-. Ah, pero el ingenio del mexicano todo lo puede, y así como en aquella célebre transmisión del Mundial de fútbol, donde los técnicos mexicanos repararon su cámara con los ya afamados liga, pasador y chicle, ahora, en un arranque de heroicidad, decidieron poner la tecnología al servicio del vicio: por medio de los teléfonos celulares, Blackberries y demás chácharas que la ciencia moderna pone a disposición del ser humano para idiotizarlo, los borrachines en potencia se comunicaban con sus cofrades de vicio para anunciarles en dónde se encontrarían los retenes y así pudieran evitarlos y llegar a la siguiente fiesta o a sus casas sin el contratiempo que supone todo lo que ya enuncié anteriormente. La infantil ocurrencia fue muy festejada por muchos, ya que abría la posibilidad de circular por las calles de la ciudad en estado inconveniente sin el miedo de que "me vaya a agarrar el retén". Pero, se preguntarán ustedes, ¿qué tiene que ver el alcoholímetro con el título de la entrada? Hacia allá me dirijo.
Como todos sabemos, en Facebook se ha creado un pintoresco grupito denominado "A que en 30 días juntamos un millón que quiere que renuncie Calderón". Lo que empezó con grandes bríos y agoreros comentarios en el sentido de que se juntarían más del millón holgadamente, ahorita, como la famosa llamarada de petate, está haciendo que los organizadores se mesen los cabellos de desesperación: que si ya no llegamos, que si con 200,000 nos conformamos, que si esto, que si aquello. Problemas operativos aparte, presumen, sí, de ser una muestra de "la sociedad políticamente madura que se sabe organizar". Claro, a los que creemos que hacer tal cosa es simplemente necedad, pérdida de tiempo y baladronadas infantiles, nos tachan de "apáticos, mal informados, ciegos e idiotas". Suponen que con la salida de Calderón, así, como por arte de magia, se "abriría el cielo, los ángeles cantarán ¡Aleluya!"...ah, no, perdón, se "empezaría un nuevo orden social, económico y político". Piensan que la sociedad "está lista y madura para lanzar a la clase política a la basura y hacer lo que los políticos nunca hicieron". Se autodenominan "grupo completamente apartidista", sin embargo hay mucha gente que se afilia "porque Calderón hizo fraude en el 2006". Cuelgan mantas en las calles, y a una de esas hay que sumarle la de un diputado federal por el PRD, zángano que no tiene nada mejor en qué gastarse su jugosa dieta pagada de nuestros impuestos que en andar haciendo mantitas, al mejor estilo de los narcotraficantes, y con eso piensan que están haciendo mucho, mientras los que nos quedamos en casita e invertimos nuestros arduamente ganados cuartos en otras cosas somos tachados de "conformistas". Y, a pesar de haber dejado ya bien claro que no estoy de acuerdo con ellos, los he llamado incoherentes. Y voy a explicar por qué.
Como ya dije, en primera, se precian de ser un movimiento 100% ciudadano, sin embargo, no han hecho ascos a publicitarse en el infame pasquín de "El sendero del Peje", abiertamente partidista y a favor del ex candidato a la presidencia por el PRD, mismo que muge que le robaron la elección. Lo que me lleva a la siguiente incoherencia: si según ellos la clase política es basura, ¿a qué andan apoyando abiertamente a López? ¿Será que es al que quieren poner en la silla una vez que Calderón se vaya-jojó-? Entonces el movimiento "100% ciudadano y totalmente apartidista" se vuelve simplemente otra cara del Demente del Pantano, quien lleva tres años con el dedo en el renglón y no lo va a quitar hasta que le vuelvan a hacer fraude, según él. Pero el problema de fondo en realidad es otro: que, independientemente de su prédica mustia de apartidismo, no toda la gente que se afilió al grupo está de acuerdo con López-o sea que por ahí se pescaron a dos que tres ingenuos-. Me explico: hay a quienes les cae gordo el presidente, como de costumbre, nomás porque sí. Hay otros que efectivamente se tragaron el pavo de "el movimiento ciudadano" hasta la cola. Y luego están los que-y parece que es la mayoría-todavía se hacen eco de los desvaríos de López. O sea que empezaron mal. Porque igual todos los afiliados están de acuerdo en algo: en que quieren que renuncie Calderón. Pero no todos quieren su renuncia por los mismos motivos. O sea que, al momento de ir "a lo que sigue", si es que algo sigue de tanta incoherencia, contradicción y desfase, nadie se va a poner de acuerdo. Porque unos van a querer que López sea presidente-jajá-, mientras que otros van a querer órganos ciudadanos, otros van a querer convocar a elecciones, en las cuales los que están "hartos de la política y los políticos" van a anular su voto...en fin, el panorama es bastante claro.
Lo que más llama la atención es la vehemencia del argumento de la sociedad políticamente madura que se queja y se organiza. ¿De veras? No me parece que organizarse en una red VIRTUAL sea de mucho mérito, para empezar. Digo, porque si es el caso, podemos decir que la sociedad se organiza perfectamente en loabilísimos objetivos comunes como son el echar aguas de la posición del alcoholímetro en una noche determinada, y que cada quien cumpla la función que el grupo le confiera. Porque para eso la sociedad "políticamente madura y organizada" que según los trasnochados esos somos, se pinta sola: para darle el esquinazo a las leyes, para burlarnos de las regulaciones existentes y para escurrirle el bulto a nuestros deberes como ciudadanos, que, muy al margen de todo, eso es un deber de sentido común que no hemos aprendido todavía, como la misma existencia del dicho programa prueba. Pero, yo me pregunto: ¿de veras una sociedad que se regocija saltándose la ley está preparada para tomar las riendas de un país? ¿De verdad la sociedad se organiza? Me parece que, para ambas preguntas, la respuesta es un rotundo y sonoro "no". Pero ahí vamos a la enésima incoherencia de los ocurrentes "feisbuqueros": por una parte, suponen que lo que están haciendo es de un gran peso y enorme valor, sin embargo si uno les propone agotar los canales de participación existentes, como por ejemplo, organizarse con sus vecinos e ir a ver al diputado-representante más directo en la escala de abajo hacia arriba-, dirán que no, que eso no sirve, aunque no lo sepan de primera mano. Vaya, aunque ni siquiera lo hayan intentado, porque tampoco entre vecinos de su colonia, calle o edificio consiguen ponerse de acuerdo, empezando porque básicamente ignoran qué tipo de trabajo le corresponde hacer a dicho funcionario. Y de ahí pa'l real.
Creo que el ejemplo del alcoholímetro nos pinta de cuerpo entero como sociedad. Somos unos irresponsables que ni siquiera podemos o sabemos ejercer el sentido común-aunque La Jornaca diga lo contrario-, aunque eso sea para el cuidado de la propia vida, que se supone que debería de interesarnos. Nos hace mucha gracia el encontrar métodos cada vez más sofisticados para violar los reglamentos o para incumplirlos, aunque para ello nos cubramos las espaldas diciendo que en realidad, programas como el del alcoholímetro son abusos de autoridad y que El Torito está refeo. Creemos que un grupito en Facebook nos va a cambiar como sociedad-o ya nos cambió, mejor dicho-, cuando ni siquiera estamos de acuerdo en lo más básico. Pensamos que somos incluyentes, pero no paramos mientes en ofender al que no está de acuerdo con nosotros-case in point: me tocó leer un mensajillo en el muro del grupete ese donde tildaban poco menos que de ignorante a algún ingenuo que se había manifestado en contra de la "idea" de sentar en la silla al Loquito del Pantano-, o sea que en realidad incluimos al que piensa como nosotros, pero al que disiente lo discriminamos negándole participación. ¿Así o más incoherentes? ¿Y esta es la sociedad que está lista para tomar en sus manos las riendas del país? No quiero imaginarme en qué pararía semejante desastre. Mejor me sigo fumando mi apático cigarrillo, tomándome mi comodón café...y observando que, como sociedad, nos falta mucho.

martes 8 de septiembre de 2009

"Lost in Austen", las hijas de Pamela y el bovarismo posmoderno

La programación de la televisión por cable se parece sospechosamente a la famosísima aria del Rigoletto de Verdi: "La donna e mobile". Un día anuncian a bombo y platillo la transmisión de una serie 'completa' para que, ya cuando está más que picado, o la cambian de día y hora, o de plano la dejan de transmitir. De modo que, cuando vimos anunciado algo que respondía al título de "Lost in Austen", primero no le dimos gran importancia. Pensamos que era una película, ya que la anunciaron en el horario en que acostumbran transmitir las películas de los domingos, y como en esta casa la televisión los domingos se apaga religiosamente a las ocho de la noche, ni pelamos. Pero, en el transcurso de la semana que siguió, nos percatamos de que se trataba de una miniserie, de la que pescamos el segundo capítulo. Ni modo, pensamos, encogiéndonos de hombros. Ya será para otra ocasión. Sin embargo, parece que en Film & Arts gustan de comprar cuatro series y sacarles el mayor jugo posible, léase, las transmiten hasta el cansancio, y luego, para no aburrir al público, rompen con el seriado y transmiten capítulos a capricho del director de la programación en turno. Luego, cuando el mismo ya se aburrió, la dejan descansar un tiempecito, y otra vuelta. Y esto fue lo que poco más o menos sucedió con la miniserie mencionada. La retransmitieron en el horario de los martes a las nueve de la noche, por lo que pensamos que estaría cardíaco seguirla, ya que a esas horas vamos llegando, cuando no más tarde, pero en las múltiples repeticiones con que nos regala la televisión por cable, vimos la posibilidad de verla tres horas después. Y nos dimos a la tarea con grandes bríos.

El primer capítulo nos cariaconteció un poco. No por la calidad de la serie en sí misma, sino porque, a golpe de vista, parece versarse sobre "Pride and Prejudice", novela de Jane Austen que justamente no habíamos leído. Tratando de pescar mejor tanto el chiste como el chisme, nos dimos a la tarea, en la semana que transcurrió entre el primer y el segundo capítulo, de leer desaforadamente la novela. Y entonces sí empezó lo bueno. Porque la miniserie nos sorprendió en más de una forma.

Me explico: para los que buscan una adaptación, creo que tanto el cine como la BBC ya se han dado a la tarea de hacer las mismas, unas peores que otras. Esto no es una adaptación, definitivamente. Podría incluso decirse que la novela queda como una mera referencia, el entramado básico que se subvierte a gusto del re-creador de la misma, un telón de fondo que sirve a acontecimientos que nada tienen que ver con lo que la autora de la novela estableció en la misma. Pero antes de pasar a hacer un breve análisis de la miniserie, creo que un resumen de la trama viene a cuento, no a manera de contar el chisme, sino de poner en contexto el dicho análisis.

Para no hacer el cuento largo, diremos que la serie versa sobre una chica, Amanda Price, que vive con la cabeza metida en Pride and Prejudice, a decir de algunos, 'la mejor novela de Jane Austen'. El problema de Amanda radica en que su vida se parece más a la de una empleada de banco del siglo XXI, que es lo que es, que a la de una heroína de novela romántica de principios del siglo XIX-quizás debido a una mala colocación de los números romanos-. Un día, cuando por enésima ocasión se encuentra con las narices metidas en la novela, se le aparece Elizabeth Bennet, la heroína de la novela, en el cuarto de baño de su apartamento. En este primer encuentro, la Bennet desaparece tal como apareció, pero en el segundo encuentro, le explica a Amanda cómo fue que entró: la pared del baño da a una puerta condenada en casa de los Bennet. Amanda se asoma, entra, y la puerta se cierra tras ella, no sabría precisar si por accidente o si Elizabeth la cierra intencionalmente. Y cuando Amanda se encuentra en el mundo que ha poblado sus fantasías durante años, empieza lo bueno.

Una trama basada en una persona que de súbito se encuentra en otro tiempo y otro lugar no suena a nada del otro mundo. Se ha hecho ya en múltiples ocasiones y con distintos fines, a veces cómicos-las más-, a veces trágicos. Llega el genio de la alfombra voladora, el científico loco o lo que ustedes gusten mandar, y transporta al protagonista, por los motivos más diversos, a una época en la que el mismo tiene un particular interés. El berenjenal es típico: el protagonista lleva consigo, obviamente, los modos y costumbres de la época en la que vive, y como generalmente se traslada al pasado, tiene la carta extra de la ventaja, ya que ya sabe qué es lo que va a pasar. Está en sus manos, entonces, modificar los acontecimientos para que 'todo siga igual' y regresar feliz a su época. Muy trillado, ¿no? Pues el caso de esta serie no es el mismo.

Para empezar, como ya se dijo, la novela, casi desde el principio, queda de mero telón de fondo. Amanda piensa que todo es muy sencillo, que lo único que ella tiene que hacer es sentarse a observar como se desarrollan los acontecimientos que conforman la novela, y una vez que termina la misma, regresar tranquilamente por su puerta a su Hammersmith del 2008, y seguir pensando en las musarañas. Pero el primer problema es la ausencia de la protagonista de la novela, quien se encuentra, precisamente, en el Hammersmith del 2008. El segundo problema es que, al encontrarse en la casa de los Bennet en una posición muy distinta de la de la 'mosca en la pared', se ve involucrada en los sucesos que toman lugar en la casa y de lo que les pasa a los habitantes de la misma. Y el tercer problema radica en que lo que pasa frente a sus ojos no es exactamente lo que ella creía saber gracias a la información proporcionada por la novela.

Es ése, justamente, lo que considero el mayor encanto de la serie: que se desarrolla en tres niveles narrativos. El de la 'realidad' de la vida de la protagonista, el de la novela, y el de la 'realidad' de la novela. Porque ella empieza a darse cuenta de que las cosas no son como las plasmó Jane Austen en su novela. Y mayor es el pasmo cuando se percata de que tampoco los 'personajes' se comportan como deben de hacerlo según la información que de los mismos ella posee; más bien se da de manos a boca con personas, que al igual que ella misma, tienen reacciones bien distintas de las que Austen fijó para sus personajes. Así, cuando ella trata de que Charles Bingley se fije en Jane, la mayor de las hermanas Bennet, ya que eso es lo que prescribe la novela, éste se fija primero en ella misma, y luego, ya avanzada la serie, se 'fuga' con Lydia, la hermana menor. Y los personajes, si bien no se distancian demasiado de como Jane Austen los pintó, tienen unos giros que resultan inesperados completamente, para pasmo de Amanda, que no sabe cómo debe de arreglar lo que ella considera un entuerto cuando las cosas se alejan demasiado de lo que marca la novela. No es sino hasta el final de la serie que Amanda comprende que la novela no tenía nada de 'real', y ella decide quedarse, entonces, en ese mundo que no es el de la novela, pero que tampoco es el suyo, mientras que Elizabeth Bennet descubre los encantos de la macrobiótica, el cabello corto y la tecnología y decide cambiar lugares con Amanda. La puerta queda entreabierta, dando a entender que quizás el cambio no es tan irreversible, y que cualquiera de las dos tiene la posibilidad de entrar y salir cuando quiera.

El que los personajes de la novela no son tales sino 'personas' se pone de manifiesto desde el momento en que pueden interactuar con la protagonista con la mayor libertad. Ella, entonces, no llega al mundo de la novela, sino, efectivamente, a la Inglaterra de principios del siglo XIX, y cae, no dentro de una familia de novela, sino dentro de una familia 'real'. Y cuando, ya hacia el final, Amanda, desesperada, regresa a Hammersmith a buscar a Elizabeth para enderezar todo lo que se torció-según lo que ella cree que debe de ser, de acuerdo con la novela-, se da cuenta de que Darcy, el héroe de su bienamada novela, la ha seguido, la acción entre personas que han dejado de ser, o más bien que nunca fueron, personajes de una novela, queda por completo de manifiesto. Y todo toma un rumbo bien distinto: por ejemplo, la madre de las Bennet deja de buscar casar a las hijas a como dé lugar, el matrimonio de Jane con Collins queda disuelto gracias a la intervención de Lady Catherine y finalmente se da a entender que se marchará a América con Bingley, George Wickham encuentra un buen partido en Caroline Bingley, quien le hace 'ojitos' a pesar de ser una lesbiana confesa, y Amanda encuentra su premio en Fitzwilliam Darcy, mientras que para Elizabeth Bennet el premio consiste en ser una mujer 'moderna y liberada' del siglo XXI, trabajadora e independiente.

Lo curioso del caso es que Jane Austen es, en mi parecer, una novelista bastante reaccionaria. Para ella el que una mujer trabaje son pamplinas, cuando no una maldición,como lo pone de manifiesto en Emma. Y cada quien ha de casarse según le corresponde. Nada de igualdades, ni mucho menos. La escalada social se condona únicamente en el caso de 'mujeres excepcionales', como sus heroínas, quienes, a pesar de tener fallos de carácter, siempre se ven pulidas por el hombre a quien están destinadas, para al final alcanzar la felicidad absoluta con el hombre absolutamente correcto para ellas. Así, Elizabeth, en Pride and Prejudice, tiene que deshacerse de los prejuicios que tiene con respecto a Darcy, cuando él ya se ha deshecho de su orgullo, y así poder ser absolutamente felices. El único error del héroe es haber separado a Jane Bennet de Charles Bingley, sin embargo, repara su falla sin demora cuando este punto es uno de los que Elizabeth le reprocha, aunque, en tanto su familia, ella se da cuenta de que Darcy tiene razón. Sin embargo, los errores de Elizabeth son varios: el prejuicio en contra de Darcy, su precipitada inclinación hacia George Wickham, por ejemplo, muestran que ella tiene más que aprender que él, y que finalmente ella tarda más en pulir sus fallas. De todas formas, una vez salvados los obstáculos, están destinados a ser felices para siempre. Es justamente en 'ese' mundo a donde va a caer una empleada de banco del siglo XXI. Y cuando, tanto su madre como su compañera de casa le señalan que está enamorada de Darcy, ella alega que no lo está, sino que está enamorada de los 'modales, del romanticismo, del cortejo'. Todo lo que salta a la vista en un análisis superficial en las obras de Austen es lo que se le escapa a Amanda, quien evidentemente vive aquejada de bovarismo posmoderno. Suspira y se oprime cuando su novio, Michael, le propone matrimonio con el arillo de una lata de cerveza en vez de caer de rodillas con un anillo de verdad una vez se hubo bajado de un caballo blanco. Sueña con el mundo de Jane Austen y en ser la protagonista de la novela, y como el personaje de Flaubert, añora los arrebatos que supone en los personajes de la novela que ella misma no puede sentir en su vida tal cual es-una reniega de ser una campesina, la otra de ser una empleada en un banco-. Y termina, no como Madame Bovary, sino como una de las innumerables hijas de Pamela.

Porque el cuento de Amanda Price es el de una de tantas Cenicientas posmodernas, sin zapatilla de por medio. En esto no hay diferencia con los personajes femeninos de Austen: todas reciben un premio por ser 'excepcionales'. En eso radica su virtud, aunque la virtud para Richardson se entendía en un sentido más literal. Sin embargo, el premio consiste en lo mismo: un matrimonio ventajoso en lo material y lo social, y feliz. Amanda Price es una Pamela posmoderna, para quien su única virtud consiste en desear fervientemente, como Cenicienta, que se le cumpla el sueño y pueda ir al baile. Incluso, la Elizabeth Bennet de la serie es una Nancy Howe-la indomable amiga de Clarissa Harlowe-, con su fiero deseo de independencia. ¿Seguimos, a casi trescientos años de distancia, bajo el influjo de Samuel Richardson? ¿Y el cuento de la liberación de la mujer? Porque en Austen se entiende que de liberación, ni hablar del peluquín-por no decir que sería un despropósito y un anacronismo idiota-, pero en una serie producida apenas el año pasado, de la que se está haciendo una película, por cierto, para el año que entra, el que una mujer quiera cambiar de sitio con su congénere que vivió, supuestamente, doscientos años atrás, queda un tanto chistoso, como no sea para ilustrar su naturaleza de cuento de hadas posmoderno, con un final típico y convencional, si bien lejos, muy lejos de lo que Austen pergeñó. La serie, de cualquier forma, entretiene y bastante, ya que la trama está bien tejida, no tiene hoyos, y es un berenjenal narrativo que no carece de interés. Lo que se trasluce, después del análisis un poco más detenido, ya es harina de otro costal. No deja de llamar la atención el hecho de que, a juzgar por el final de la serie, se siga pensando que hay mujeres cuya única aspiración es el romance y el matrimonio, mas, si se da una ojeada a cualquier edición de Cosmopolitan, hay por lo menos un artículo destinado al tema-siempre con un peculiar énfasis en 'cazar' un hombre para obtener una validación social completa, que no da ni la profesión ni nada de eso, por favor-, con lo cual se da al traste con el cuento de la Wonder Woman de la posmodernidad. Es por esto que yo titularía a la película: "Amanda Bovary, una hija de Pamela, perdida en Jane Austen: una Cenicienta posmoderna-mujeres liberadas de a de veras, abstenerse".

lunes 6 de julio de 2009

Metonimias políticas...la conclusión

¿A dónde fue que llevó el análisis expuesto en las tres entregas anteriores, y qué tienen que ver con el título de las mismas? A esta picante pregunta intentaremos dar respuesta en esta última entrega de su apasionante serie "Metonimias Políticas".
Hace no mucho, poco más de un mes, que se celebraron las elecciones intermedias, fuimos testigos del circo electorero de toda la vida: basura electoral en las calles-de las que todavía no se desaloja, dicho sea de paso-, bardas pintarrajeadas con las seudo propuestas de los candidatos que aún es posible leer el día de hoy, los candidatos-hoy flamantes diputados, delegados, o reacios perdedores, como siempre- haciéndose acompañar de artistillas medio peleros o de sonidos ruidosos, en fin, lo que todos ya bien conocemos, a menos que se viva en la punta del cerro. Junto con eso, presenciamos también una inusitada campaña para anular el voto, que enarbolaba el siguiente slogan: "no voto y no me callo".
Los resultados, como ya sabemos, arrojaron las cifras de siempre en tanto abstención en elecciones intermedias: más del 50%. Pero lo que asombró a algunos fue que el voto anulado alcanzó la cifra del 6% "histórico", que dijeron algunos. No faltaron los memelas que se preciaban de ser la "cuarta fuerza política" con su voto anulado, aunque yo no entiendo lo de "fuerza política" hablando de un resultado que la verdad sea dicha, queda por constatar el alcance de su influencia para poderse denominar tal. Y, desafortunadamente, fuimos testigos del regreso del dinosaurio, vestido más a la moda, pero el mismo dinosaurio a fin de cuentas. Y tampoco faltaron los mentecatos que se alegraron de eso, como si ello no hubiera sido otra cosa que la más grande demostración de tontería dada por el pueblo mexicano.
¿A dónde vamos con lo anterior, y cómo es que se conecta con las entregas anteriores de la serie? A primera vista, parece que no tiene nada que ver. Sin embargo, en mi muy humilde opinión, tiene todo que ver, ya que, lo que encontramos en los condominios y unidades habitacionales de esta ciudad puede darnos una pista bastante clara sobre el estado de cosas en el país en general.
Porque, veamos: nunca falta el vecino que jamás pone un pie en las juntas, sin embargo es el que de todo se queja. Que si subieron el mantenimiento, que no está de acuerdo con la persona que hace la limpieza, que si el jardinero cobra muy caro, que si seguramente la persona que se encarga de mover los dineros se los está clavando...sin embargo, el vecino jamás ha manifestado sus puntos de vista delante del resto de los condóminos. ¿De qué sirve, pues, que se queje tanto? De nada. A sus quejas se las lleva el aire, porque nunca se ha tomado la molestia de cursarlas por los canales adecuados. Y peor todavía, si tan mal le parece el estado de cosas, es el que no haga nada. La participación que se requiere de un vecino es la mínima, sin embargo, si no hace ni eso, mucho menos se va a tomar la molestia de postularse para administrar los dineros que desde la comodidad de su poltrona él piensa que sabe cómo se manejan mejor. Tampoco se va a dignar a salir a buscar un jardinero que cobre menos, o una persona del aseo que limpie mejor. Ah, pero le resulta mucho más cómodo delegar esa responsabilidad a alguien más, que lo va a hacer como mejor pueda, cuando lo hace, y luego echarle la culpa cuando mete la pata. Siempre es más cómodo no comprometerse, ¿verdad?
Al vecino que transgrede poco le importa el resto de la gente que ocupa junto con él el espacio habitacional. No se da cuenta, o si se la da le importa un pimiento, que, al llevar un chucho lactante a su casa va a provocar, no sólo que los chillidos naturales del animal le quiten el sueño, sino que priven del mismo al resto de los vecinos. O, si el chucho hace sus gracias en los espacios comunes, se encoge de hombros y se espera a que llegue la persona que hace el aseo, ya que ni siquiera es capaz de sacar una jerga y limpiar. Y el resto de los condóminos, como ya se dijo anteriormente, no le dice nada. Porque todos ven como muy normal el que la gente quiera tener perros en su departamento. Pero los que saben callan, y los que no es lo mismo, de cualquier forma nadie, por 'educación', le va a plantar cara al vecino para que se lleve al chucho a ver a dónde. Y nadie quiere malquistarse con el prójimo, con el que se 'convive' y al que se tiene que ver casi del diario.
El que modifica sin avisar no sólo les pisa los callos al resto de los vecinos en tanto ruido de la obra, sino que puede que hasta los esté poniendo en riesgo al alterar la estructura de la construcción con sus brillantes ideas. Y otra vuelta, nadie le va a decir nada.
Los que arman fiestecitas nunca avisan, mucho menos invitan. Y nadie les dice nada, a pesar de que dejen perdidas las áreas comunes y que al día siguiente todos parezcan mapaches y crudos, sólo que con el asegún de que ni se divirtieron, ni bailaron, ni bebieron. En cambio, tuvieron que aguantar el ruido, y si son los vecinos de abajo, el bailoteo que reverberó en su techo toda la noche.
Podría seguirme enunciando las faltas en las que se incurren cuando se vive en condominio, sin embargo creo que con las entregas anteriores para el propósito bastan y sobran. Creo que los ejemplos anteriores sirven para demostrar los diferentes tipos de ciudadanos que somos. Por ejemplo, el que no participa en una junta vecinal, no se puede esperar que participe en una votación. Sin embargo, va a ser el primero que se queje de lo mal que está la situación, de que los políticos son basura y de que el gobierno no sirve para nada. Y yo pregunto: ¿con qué derecho tal persona se queja? Dirá que todo mundo es muy libre de quejarse, y que finalmente el voto nunca cambió nada, y que la clase política es una porquería, que todos roban, que ninguno trabaja y que todos viven a expensas del erario. Independientemente de la verdad o falsedad del argumento, el fondo es: ¿y qué hace o ha hecho la tal persona para quejarse con tal amargura? Seguramente nada. Seguramente ha visto transcurrir el tiempo en la politología del café, solucionando al país y al mundo entero con elucubraciones maravillosas "si los políticos lo hicieran". Pero no se trata sólo de la tarea del político, sino se trata primero de la tarea del ciudadano, en este caso particular. Y si el ciudadano no la hace, ¿cómo espera, en buena consciencia, que el político haga lo suyo, si llega al poder sin consenso, aupado por una minoría? ¿No creen que es casi darles permiso de que hagan lo que les dé la gana?
Otro ejemplo: el vecino transgresor, en cualquier ámbito que contemple la ley condominal. Casi podemos asegurar que es la gente que se queja de que los políticos hacen lo que quieren y nadie les dice nada. Sin embargo, en su microcosmos ellos exigen lo mismo. Cuando salen a la calle y desafortunadamente los asaltan, se quejan de que seguramente la policía está coludida con el caco y nunca lo van a agarrar, o que si van y levantan un acta, el ladrón 'volverá para vengarse', porque en México 'la justicia no funciona'. Y volvemos a las preguntas: y si la justicia funcionara, ¿dejarían de hacer fiestas que molestan a los vecinos y que se contemplan como técnicamente prohibidas en la ley condominal? ¿Se desharían del perro que no pueden tener según la misma ley? Y la respuesta es contundente: no. ¿Por qué? Bueno, las causas ya las expusimos anteriormente. Los dichos vecinos alegarán que ellos también tienen derecho a divertirse y a gozar de la compañía de un animalito. A eso se le llama impunidad. Yo sé que hay quienes alegarían que hay que guardar las distancias, que no es lo mismo tener un perro en un departamento que andar haciendo barbaridad y media, como hacen los políticos, sin embargo el principio es el mismo. Si las leyes se aplicaran con rigor, habría miles de funcionarios corruptos en el bote, y no habría manera de meter un perro en un departamento. Así de sencillo. Pero nos gusta el estado de excepción, nos gusta el 'a él sí, pero a mí no', nos gusta escudarnos en miles de pretextos, ya sea para dejar de cumplir con nuestros deberes o de plano, para transgredir las leyes.
Y esto no sólo aplica para los que vivimos en un departamento. Basta con salir a las calles para darnos cuenta de la amplitud que tiene esta metonimia. Basta con ver los que nos echan el carro encima sin poner las direccionales, basta con ver el peatón que atraviesa una calle con el mayor desparpajo aunque no le corresponda el paso, basta ver los que se pasan los altos, o los que dan la vuelta donde no les corresponde, o los que se cuelan en las filas del súper cuando uno se distrae, o los que exigen que se les ceda un asiento por equis o por yé, o que se les apliquen excepciones por razones que van desde lo meramente subjetivo y personal, hasta el apelar al mínimo sentido de humanidad del prójimo. Basta con detenernos un poquito a pensar en todo eso para darnos cuenta de que, si las cosas andan como andan, nosotros, como ciudadanos y como sociedad, tenemos buena parte de culpa en ello. Somos gandallas, nos gusta pisarle los callos al prójimo, a sabiendas o inconscientemente, nos encanta sacar ventaja, nos gusta hacer lo que no debemos 'porque todos lo hacen'. Distamos mucho de ser la sociedad modelo que nos permitiría, en un momento dado, rehusarnos a votar porque nadie nos convence, porque ya hemos participado mucho y no hemos visto resultados. Distamos mucho de la tan cacareada 'madurez política' que nos permitiría, efectivamente, dar una lección a la clase política con nuestro repudio a la hora de anular un voto. Distamos mucho de ello, señores, estamos a años luz de ser una sociedad que se interese, que se comprometa, que esté dispuesta a hacer un mínimo de sacrificios para cambiar las cosas. Siempre preferimos que sea alguien más quien venga y nos prometa que lo va a hacer, porque preferimos al que nos promete que con su varita de virtudes va a cambiar las cosas de un día para otro a aquel que nos pide que hagamos un esfuerzo. Nos gusta la comodidad, tanto ideológica como física, de saber que no se nos pide más allá del mínimo esfuerzo para lograr grandes resultados, como la anulación del voto, que no es más que, en mi muy personal opinión, una postura de adolescencia ideológica que exige derechos antes de conocer al dedillo las obligaciones y llevarlas a cabo. Ah, sin embargo, se exige que se nos tome en cuenta para la 'gran toma de decisiones', y nos quejamos cuando no se hace. Y yo pregunto: los que se pasan los altos y manejan como animales, infringiendo todos y cada uno de los artículos del reglamento de tránsito, ¿tienen derecho a meter baza en el manejo del país? Porque díganme ustedes: si somos incapaces de convivir en un microcosmos, como es un edificio de departamentos, ¿qué nos espera a nivel país? Si no nos sabemos comportar civilizada y maduramente en nuestro entorno más inmediato, ¿sabremos hacerlo en el mundo de las grandes decisiones?

miércoles 1 de julio de 2009

Metonimias políticas III...espero que ya la última

Esta entrega versará sobre, como ya se anticipó en la pasada, sobre esos seres que pueblan los edificios, con los que se vive, como ya se dijo, puerta con puerta, pared con pared o piso con techo. Exactamente, los vecinos.


Un recorrido piso por piso nos dará indicio de lo que podemos encontrar, grosso modo, en casi cualquier edificio de esta ciudad, y seguramente en no pocos en provincia. Por ejemplo, nos topamos con los vecinos que tienen perros. Desde falderos, como poodles o schnauzers, hasta grandes daneses. Cualquiera que sea su dimensión, los perros ladran. Y mientras más chicos, peor. Y si el edificio tiene buena acústica, la debacle. Porque cuando los chuchos se deciden a armar su circo, no hay poder humano que los calle. Y lo peor de todo es que parece que, en cuanto uno empieza, los demás no tardan en seguirle, como si hubieran estado esperando una señal. No importa que sean las dos de la mañana, hora a la que, dicho sea de paso, parece que tienen especial cariño para empezar a aullar, los perros armarán su concierto a despecho de los gritos y chanclazos propinados por el dueño o de las mentadas que salen de los demás departamentos. Con todo lo molesto e incómodo, por decir lo menos, que parece lo anterior, lo verdaderamente malo de los perros es que tienen que hacer sus necesidades. Como cualquier otro ser viviente, consume alimento y produce desechos. No vamos a ir contra natura al grado de desear que los perros no tuvieran funciones corporales, no, eso nunca. El problema aquí lo generan los dueños, a quienes no parece importarles que los dichos desechos queden en la vía pública-y luego en el sistema respiratorio de los millones que poblamos la ciudad-, mientras no lo hagan en su alfombra o en sus muebles. Pocos, poquísimos son los que salen con su chucho y su bolsita de plástico, menos todavía los que salen con el brillante invento de la pala de plástico que se abre para recoger los desechos y tirarlos después. Y los peores forzosamente tienen que ser los que se esperan a sacar al chucho al último minuto, cuando al can están a punto de reventarle la vejiga o las tripas, y en cuanto ven puerta abierta, a hacer lo suyo en donde caiga...literalmente. El 'donde caiga' en esas circunstancias suele ser, desgraciadamente, el elevador, la escalera o los pasillos, denominados, como ya se dijo, 'areas comunes', o, en el peor de los casos, la puerta de algún inocente vecino. Y si pocos son los que salen con su bolsita, menos aún son los que salen con su jerga a limpiar la gracia del chucho. Muchos incluso se congratularán de que no fue en su casa, se encogerán de hombros, y darán media vuelta con su aliviado can, de regreso a casa. Esta gente ignora, de nuevo, la ley condominal, que con reformas fallidas o sin ellas, contempla que la gente que vive en régimen de condominio no puede tener mascotas que molesten o perturben la paz de los habitantes del inmueble, con lo que tenemos que el problema en sí no son los perros, sino quienes los condenan a vivir en la estrechez de un departamento, y que a un mismo tiempo condenan al resto de los vecinos a soportar, no tanto lo que hace el perro, sino la arbitrariedad del dueño, a quien en pocas ocasiones se le reclama algo, y cuando se hace, no se hace caso de los reclamos.


Los edificios cuentan, aún cuando sean de interés social, con espacios de estacionamiento, los cuales, y seguramente dictados de acuerdo a regulaciones de la pelea pasada, suelen ser uno por departamento, salvo las llamadas 'casas de renovación', surgidas tras el terremoto de 1985, y cuya función fue-y decimos fue porque hoy día el panorama es bien distinto-albergar a todos aquellos habitantes de inmuebles viejísimos conocidos como 'vecindades' que el temblor hizo el favor de echar abajo. Decíamos, pues, que aún en los más medio peleros edificios de departamentos de hoy día, a cada departamento le corresponde un lugar de estacionamiento, medida harto razonable si pensamos que en los '80-y antes, cuando suponemos se instrumentaron las regulaciones de construcción-, la adquisición de un automóvil era asunto harto complicado y nada barato. El problema hoy en día lo constituyen el desaforado afán de entregar créditos para adquirir vehículos automotores por parte de los bancos, y a un todavía más desaforado afán del gran público a adquirir cuantos vehículos pueda. Porque ya no es rara la familia que cuenta con más de un vehículo. Más bien, diríamos que lo extraño es la que no. Y las complicaciones empiezan cuando no hay más que un lugar de estacionamiento asignado al departamento donde habitan cinco personas y cada una de ellas cuenta con un vehículo. Cuando las unidades cuentan con espacios para aparcar, parece que siempre habrá vecinos dispuestos a hacer un dinerito extra rentando el espacio que a ellos les corresponde, siempre, claro está, que pertenezcan a la minoría que no tiene auto. Pero cuando no...Hay que aparcar en la calle, o de plano, cuando la unidad es cerrada, plantar el coche donde caiga. Lo anterior genera múltiples inconvenientes. No falta el que ya dejó encerrado al vecino, o ya le tapó su lugar, lo que genera bocinazos terribles, hasta que sale el transgresor, cuando no de plano se montan hasta en los pasos peatonales, con el pretexto de no estorbar. No falta también los que, cuando tienen visitas, les dicen que dejen el coche ahí por donde puedan, lo que puede derivarse en escenas todavía más terribles que las anteriores, ya que, por regla general, el invitado hace exactamente eso, dejar el coche donde caiga lo que causa las iras de quienes no pueden sacar su coche o de quienes no lo pueden guardar. Lo peor es que pocos tienen la decencia de indicar, con un papelito en su coche, en dónde están departiendo amablemente para irles a avisar, con toda corrección, que tienen que mover su ranfla porque estorba. Ni anfitriones, que son los que habitan la unidad, ni invitados, piensan en ello. Los primeros, porque no se les ocurre, y a los segundos simplemente no les interesa, porque, a fin de cuentas, en cuanto acabe la tertulia ellos se irán a su casa y el problema se les quedará a los otros. Sin embargo, las anteriores consideraciones llevan a lo que sigue: los hay que no piensan, a la hora de ávidamente aceptar un crédito para adquirir un coche, qué van a hacer con él en cuanto se lo lleven a casa. "Total, ya veremos", contestan cuando alguien, agudamente, les hace la observación de que no cuentan sino con un espacio de estacionamiento. Y el 'ya veremos' generalmente se soluciona como siempre: al trancazo, y las más de las veces, pisándole los callos a alguien por ponerse, o en un lugar que no les corresponde, o por taparle la entrada o salida a alguien más. Cosa que al feliz propietario de la flamante y problemática roña no le quita el sueño.


La existencia de ductos para tirar la basura pueden ser una bendición...o una maldición. Facilitan enormemente la vida, si se considera que lo único que debe hacerse cuando se junta la basura en casa es simplemente dirigirse al ducto, abrirlo, y depositar las bolsas en él. Parece sencillo, ¿no? Pues no lo es tanto. No faltan los que, a fuerza de querer deshacerse de la caja del refri que acaban de comprar, terminan por tapar el ducto, lo que genera que los que viven en el mismo piso se vean obligados a depositar sus bolsas justo afuera del ducto. Ni tampoco faltan los majaderos que, en vez de llenar sus bolsas, cerrarlas y tirarlas, vacían simplemente el contenido del cubo en el ducto. Ya se sabe que un ducto de basura es a fin de cuentas eso, un receptáculo de basura, pero también la urbanidad dicta que los desechos deben disponerse de manera correcta. Y ya que se habla de desechos, no hay que olvidar que no todos los edificios cuentan con la enorme ventaja del ducto, con lo cual el problema de la disposición de la basura se complica. Como sabemos, los servicios de limpia de esta ciudad no pueden ser calificados como los mejores o los más eficientes. Y si a eso le aunamos la facilonería y comodonería de la mayoría de los prójimos, la situación es de alivio. No sólo se juntará la basura en lugares 'estratégicos', donde ya se sabe que los basureros no pueden menos de verla y por tanto recogerla, lo que afeará de manera espantosa el panorama, sino que también se derivarán consecuencias non gratas, como la proliferación de bichos callejeros que hurgarán en las bolsas para husmear entre sus contenidos, y de fauna nociva como cucarachas y ratas. Vaya, ni en donde se cuenta con un servicio 'particular' de limpia, que pasa con toda regularidad es capaz la gente de morigerar sus sucias costumbres. Nunca faltan los que, con el pretexto de que nunca alcanzan al basurero, sea el de la delegación o el 'particular', dejan sus bolsas en pleno pasillo. Cajas de galletas vacías luciendo cascarones de huevo en su interior, vasos de unisel que a todas luces contuvieron jugos, bolsas del supermercado que amenazan con derramar sus contenidos a cada momento, es lo que se puede ver en los pasillos de estos benditos condominios. Lo anterior es no sólo, como ya se dijo, un problema de estética, sino un riesgo sanitario potencial, porque si el edificio de marras ya tiene una plaga de cucarachas, la tal plaga se exacerbará, y si no la tiene, es un anzuelo perfecto para que sienten plaza allá donde encuentren condiciones favorables, por no decir de los roedores, que tienen las mismas costumbres. Y ya mejor no hablemos de los infortunados que tropiezan con tales muestras de falta de urbanidad y positivo 'me importa un rábano, yo tengo que sacar la basura de mi casa'.


Los edificios cuentan con poblaciones de las más variadas edades. Se pueden observar desde personas de la tercera edad hasta bebés de brazos, pasando por parejas jóvenes, multitudinarias familias en donde se entremezclan todos los grupos de edad posibles, parejas de la tercera edad, mujeres solas con hijos, hombres solos con hijos, en fin, las variaciones son infinitas, más ahora, con la cada vez más grande apertura de la gente a los que se llaman 'estilos de vida alternativos'. Nada de lo anterior tendría nada de relevante, por supuesto, si no fuera porque parece ser que, a mayor el número de población adolescente, mayor el riesgo de padecer insomnio los fines de semana. No digo que la población del edificio en su conjunto se desvele porque no saben dónde anda el hijo del vecino Mondínguez, por ejemplo, sino que el conjunto de la población se desvela cuando al hijo del vecino Mondínguez se le ocurre hacer una fiestecita, con mucho estéreo, mucha entradera y salidera de gente, mucho güiri güiri en los pasillos hasta altas horas de la madrugada, todo ello aderezado con el típico pleito de las parejitas que ya escogieron agarrarse del chongo cuando las copas se empiezan a subir a la cabeza, o del par de borrachos que ya se vieron feo sepan ustedes por qué, con la debida intervención de toda la bola de cuates que quieren impedir la guamiza, y la desesperada intervención del hijo de Mondínguez, que les suplica que si se van a agarrar lo hagan afuera del edificio, ya que tiene expresamente prohibida la intervención de la policía, so pena de perder de por vida el permiso de hacer fiestecitas. Pero no sólo los adolescentes causan altercados y dificultades de este tipo, no. El pretexto del cumpleaños de la abuelita Nabora, por ejemplo, es una espléndida excusa para reunir a la familia. También puede ser un gran pretexto para cerrar áreas comunes con una carpa, y para escandalizar trayendo al mariachi. Y aunque el resto de los habitantes del edificio no tengan el placer de conocer a la abuelita Nabora, y mucho menos los hayan invitado a la fiesta, se la tienen que fumar cada que entran o salen, ya que lo tienen que hacer pidiendo permiso para pasar entre cazuelas de guisados, borrachos incipientes, atrafagadas mujeres que circulan por doquier llevando platos y vasos y niños que corretean por todas partes, entrando y saliendo del edificio como si por su casa anduvieran, y subiendo y bajando la escalera como potros desbocados, si es que no a algún chistoso se le ocurre, incluso, empezar a tocar los timbres de los departamentos para salir corriendo una vez llevada a término la gracia. Se comprende que todo mundo tenga algo que festejar en algún momento de la vida. Pero la ley condominal estipula que, si se va a hacer una fiesta con posible perturbación de la paz pública, se debe de solicitar la venia de los vecinos. Invitarlos no necesariamente, pero sí tener la decencia de preguntar si la fiesta incomodaría a alguien, o solicitar el permiso para utilizar las áreas comunes en caso de que se requieran. Pues no. "¿Y a los vecinos qué les importa que vaya a tener fiesta?", dirán algunos. Mucho, porque la diversión de unos puede significar el malestar de otros. El mariachi a las tres de la mañana no es algo que se califique de muy placentero, a menos que se esté en la fiesta con unas cuantas botellas entre pecho y espalda, y es menos placentero todavía cuando es acompañado por un coro de aguardentosas voces que más que cantar berrean. Y no se puede decir que sea un espectáculo muy agradable salir a la mañana siguiente y encontrar colillas de cigarro regadas por todas partes, rastros de bebidas derramadas en las escaleras, bolsas de papitas tiradas acá y allá, y en suma, las áreas comunes hechas un asco. El que sale lo nota, por supuesto, pero parece que la mugre derivada de la fiestecita se vuelve invisible para el anfitrión de la misma, quien hará la vista gorda hasta el día en que se haga el aseo. Pero por más molesto que sea lo anterior, sucede lo que con los perros. Pueden, y se causan, grandes molestias, pero nadie dirá nada por no malquistarse con los vecinos. Por tanto, los vecinos fiesteros salen impunes, armando escándalo cada que se les antoja, privatizando las áreas comunes cada que hay un cumpleaños en su familia, y ensuciando el edificio sin que nadie se los señale.


Y hablando de privatizar...Hay habitantes de condominios que, bajo pretexto de su seguridad, han puesto rejas en sus puertas. Santo y bueno, mientras no se nos garantice la seguridad, supónese que tenemos el derecho de proteger nuestra propiedad como mejor nos convenga. Pero una cosa es velar por la propia seguridad, y otra cosa devorarse de una tarascada un gran cacho de pasillo, que, dicho sea de paso, les pertenece a todos los condóminos, ya que por algo se llaman áreas comunes, no nos cansaremos de repetir. Pero eso, a algunos parece no importarles, para ellos su propiedad no es sólo comprendida entre sus paredes y delimitada por su puerta, no. Comprende hasta donde, según su santo juicio e infalible criterio, no le estorbe a nadie. Lo que puede extenderse desde su puerta...hasta donde sólo ellos saben. Los hay más discretos, claro, que sólo se vuelan un par de pasos fuera de su puerta. Como fuere, a no ser un par de centímetros, los justos para que la reja quede bien y sirva su propósito, es algo que no se debería de hacer, idealmente. Pero de cualquier forma se hace. Y los vecinos, al igual que los hipotéticos del igualmente supuesto Perénguez, no dicen ni mú. En parte por no malquistarse, ya se sabe, y en parte porque muchos desearían hacer justamente lo mismo.

Para concluir con este interesante catálogo de la fauna que puebla los condominios, resumiremos otros pecadillos, no por menos extensa la explicación, menos graves: los que se cuelgan de los servicios de las áreas comunes, dejando que sus gastos los pague el resto de los condóminos, aunque se frieguen las instalaciones por sus chistes, mismas que no se dan la molestia de arreglar; los que privatizan en serio las áreas comunes, utilizándolas para su uso exclusivo, llegando al extremo, incluso, de cerrarlas para hacer gala de benevolencia con los vecinos, abriendo la rejita que tuvieron la facha de poner para que pasen a la toma de agua común, misma que ellos usan para sus muy privados fines cuando no hay emergencia, o de plano para utilizarlas como jardín particular, plantando incluso los más diversos árboles frutales y plantas de ornato, pero eso sí, cuando el registro común se atasca-mismo que, ¡oh, feliz casualidad!, está sito justo en medio de su florido jardín-, recurren a los servicios delegacionales que a fin de cuentas todos pagan; los que, movidos de un afán decorativo, pintan sus puertas de un color que hace chiras pelas con el del resto de la pintura del edificio; o los que de pronto sienten que su verdadera vocación es la de decoradores de interiores, pero, para desgracia del resto de los condóminos, reciben su epifanía entre sueños y deciden comenzar a ejercer su recién descubierta senda de vida a las dos de la mañana, con mucha arrastradera de muebles, hartos golpes, y hasta uno que otro guamazo que inducen al resto de los desvelados vecinos a creer que el diseñador en ciernes se ha roto la cabeza, con lo que podrán dormir en paz por fin, pero sus esperanzas se ven frustradas cuando, un par de minutos después, vuelve la corredera de muebles y los consiguientes trancazos; los que, cuando deciden cambiar de mobiliario, movidos de la generosidad adornan las banquetas y las áreas verdes con colchones, divanes, sillones y demás mobiliario que siempre es muy bienvenido por los indigentes de la zona, pero muy mal visto por el resto de los vecinos, quienes, en el mejor de los casos, comentarán que qué buena recepción han puesto para sentar a las visitas a esperar; los que...; y los que...;

Podríamos seguirnos, ad infinitum, con el catálogo de horrores; sin embargo, creemos que con lo que hemos apuntado es más que suficiente. Las conclusiones, que es a donde finalmente nos lleva el título de la presente entrega, las dejaremos para la siguiente entrega.

martes 30 de junio de 2009

Metonimias políticas II

Reanudando el análisis comenzado el día de ayer por la noche, diremos que el siguiente punto versa sobre algo muy sensible para todos nosotros: los dineros. El mantenimiento de un edificio, como de todo en esta vida, se trate de un coche, de un par de zapatos, o de un vicio, cuesta dinero. Pero, ¿a qué se refiere exactamente el mantenimiento de un edificio? Como la misma palabra lo implica, se trata de mantener el edificio en condiciones habitables, en el mínimo de los casos, cuando no de hacer ciertas reformas que pudieran beneficiar al entorno habitable. Esto abarca, desde pagarle a alguien para que haga el aseo de escaleras, vidrios y demás espacios que tienden a ensuciarse bajo las normales circunstancias que implica el tránsito de quienes en él habitan, hasta el vaciado de ductos de basura-cuando se tienen-, las reparaciones de interfones y elevadores, cuando los hay, los reemplazos de focos fundidos en los pasillos-que, dicho sea de paso, reciben el nombre de 'áreas comunes', sobre lo que abundaremos más adelante-, y el arreglo periódico de las áreas verdes para evitar que se conviertan en una jungla desaforada en época de lluvias, o en una sabana desolada en época de secas. Como ya se dijo, cuesta dinero. Y, como ya se dijo, los espacios anteriormente mencionados se llaman 'áreas comunes' porque, precisamente, pertenecen a todos los habitantes del edificio y todos hacen uso de dichas áreas, ya que todos transitan por los pasillos, todos usan el elevador, todos disponen del ducto, y todos necesitan la luz en los pasillos cuando se hace de noche, para evitar, desde que un maleante ande rondando los pasillos al abrigo de la obscuridad, hasta para prevenir que el dueño del departamento se rompa las narices antes de entrar al mismo porque no ve. ¿De dónde tendría que salir el dinero, pues? De los mismos beneficiarios de los antedichos espacios comunes, supuestamente. Pues no. Porque, y remitiéndonos un poco a la entrega anterior, no todos los que habitan el edificio son dueños. Los inquilinos-algunos- ven como un 'impuesto' eminentemente injusto el tener que pagar por algo que no tienen en propiedad, a pesar de tenerlo en uso, y el uso es el que lleva a la obligación de dar mantenimiento, o al deterioro en caso de falta del mismo. Otros, aunque sean dueños, con tremendos cachetes dejan tranquilamente de pagar. O, los que hacen un inadecuado uso del suelo, como los dueños de despachos, aducen que ellos no usan lo que utilizan los demás, a pesar de que sus clientes suben por los elevadores, utilizan los interfones y se plantan en los pasillos, muchas veces dejando recordatorios de su presencia como colillas de cigarro, papeles, bolsas de papitas que consumen mientras dura la espera, etcétera. Puede ser que los dueños del despacho no hagan uso de los servicios comunes, lo cual se duda, sin embargo, los que acuden al despacho sí lo hacen, lo que debiera obligarles a pagar. Pues no, se niegan en redondo. Así, en muchísimas ocasiones, el costo del mantenimiento se cobra, no basando el cálculo en el número de departamentos, sino en el número de condueños e inquilinos que sí pagan, por lo que terminan muchas veces pagando los que sí lo hacen por los que no. Lo que nos lleva al siguiente problema.


Cuando de hablar de dineros se trata, y de dineros que van a parar, por decirlo así, a un fondo para cursar diversos pagos, se debe de hablar al mismo tiempo de una persona, o conjunto de personas que los administren. Ello, con la finalidad de simplificar, tanto los pagos como los cobros mismos, porque no es lo mismo pagar una sola cuota por concepto de mantenimiento, la cual engloba todos los conceptos mencionados anteriormente, que obligar prácticamente a que las personas que prestan los servicios que requiere un edificio anden cobrando de puerta en puerta por los mismos, amén de que es mucho más sencillo tratar con una sola persona cuando de contratación se habla, que andar viendo cada quien por su lado quién se encargará de las faenas en cuestión. Los ciudadanos que administran los recursos de un edificio deben, en teoría, no sólo decir en qué se gasta el dinero que aportan los condóminos, sino obligar a quienes no lo hacen a que lo hagan, so pena de suspensión de servicios y hasta de juicios. ¿Sí? Pues no. Como ya se dijo, en un edificio, las decisiones que se tomen respecto al mismo deben de ser avaladas por la mayoría, lo cual incluye el nombrar un administrador. Pero...he aquí otro problema. La administración de un edificio suele ser equiparable a la rifa del tigre: nadie la quiere. Todos los condóminos son conscientes de que es un relajo andar correteando al vecino para que pague, por no hablar de que las malquerencias derivadas de que alguien nos recuerde lo que tenemos que hacer y no hacemos son de consideración. Hay que dedicarle tiempo, desde para ir a adquirir el nombramiento legal que acredita al administrador casi como representante legal del conjunto de personas que pueblan el edificio, hasta para elaborar los balances mensuales que su actividad requiere. ¿Y todo para qué? Para que nadie agradezca lo que el administrador hace, si es que algo hace, y para no llevarse ni cinco centavos de remuneración, ya que son muy pocos los que cobran algo. Por eso para la mayoría de condóminos la administración equivale al infausto regalo que hacían los marajás hindúes a los cortesanos incómodos: el elefante blanco. Pero, a su misma vez, el que exista un administrador que no sean ellos mismos equivale a un receptáculo de quejas, de 'es que nos cobra y no hace nada', pero, a la hora de citar a junta para remover al administrador y designar uno nuevo, generalmente serán los primeros que le saquen el bulto con el sobado pretexto de 'no, yo no tengo tiempo, yo soy una persona muy ocupada'. Con tal de que siga habiendo alguien de quien quejarnos, y alguien que resuelva por nosotros, está todo muy bien. Aunque también los haya que se alambrean los dineros de las cuotas y se sepa, aunque los haya que en su vida han entregado un solo estado de cuenta, y aunque los haya que hayan dejado al edificio a su cargo sumido en una deuda mientras ellos se dan la gran vida, no importa. Mientras no sea alguno de los 'muy ocupados' ciudadanos los que tengan que hacerlo, apechugarán con las tranzas, con las ineficiencias, y mascullarán que en maldita hora les fue a tocar tal bicho en la administración, y siempre, siempre, vivirán esperanzados con que llegue el Robin Hood de los condóminos atribulados a resolver el problema y a desfacer el entuerto, mientras los que apoyan al tranza lo seguirán haciendo, recargados en el muy sabido hecho de la apatía comunitaria, y el tranza dormirá muy a gusto, sabiendo que, por mucho que le digan los vecinos, será muy difícil que procedan en su contra, principalmente porque les encanta quejarse, pero de hacer, mejor no hablamos.


Como ya se mencionó, cuando de disponer de una propiedad en el simpático régimen de propiedad en condominio se trata, se debe enterar a los demás sobre las propias intenciones. Pero no sólo cuando de venta o renta se trata. También cuando se le quieran hacer reformas a la misma. ¿Por qué? Simplemente, porque se debe estar seguro que las tales reformas no comprometen la seguridad de la estructura en la que todos habitan. Y no sólo eso: si el inmueble cuenta con un seguro en caso de siniestro-que en esta telúrica ciudad nuestra puede incluir, desde un incendio hasta un terremoto-, se deben de asegurar, todos, desde el que pretende las reformas hasta el resto de los condueños, que las tales no invaliden el seguro. Es una responsabilidad mínima, ¿no? Es sentido común en el significado más lato del concepto, ¿no? Pues no. Una mañana cualquiera, el vecino Perénguez amanece inspirado y ocurrente, y piensa que tal vez su departamento se vería mejor si tira el muro que divide el comedor de la cocina y hace un arquito muy mono, para iluminar mejor su cocina y tal vez poner unas plantas. Y ya entrado en gastos, el vecino Perénguez decide que su herrería ya está muy fea y que a su departamento le iría mejor una blanca, de esas que imitan madera, que le haga pensar que, en vez de en la Pensil-o en la colonia que quieran-, vive en la Condesa. Y luego, para no desmerecer con el resto del entorno, la emprende con los baños, pensando que, comiéndole un poquito de espacio a la sala o a la azotehuela, según la situación, tendrá espacio para su tan ansiado jacuzzi. Y después, considera que no vendría mal ampliar la cocina...Y luego...Y luego...Los vecinos se enteran cuando ven llegar el camión con el material, y al vecino Perénguez disfrazado de mecapalero, bajando bultos de cemento, de pegazulejo, de azulejo, y demás, con la más radiante de sus sonrisas. Y luego, para los que se perdieron el show, no dejarán de notarlo cuando al vecino Perénguez se le ocurra, llevado de su manía reformadora, empezar a tirar paredes a las diez de la noche. Por no decir que dejará los pasillos hechos una mugre. ¿Y los vecinos? A lo más, murmurarán de las enormes reformas que planea el vecino Perénguez: "¿ya viste, Concha? Perénguez quiere convertir su departamento en un palacio, pobre diablo". "Pues si no le gusta la unidad, que se vaya a vivir a Polanco el muy pretencioso, Eulalio". Pero de decirle algo, ni hablar. "No, Paquita, ¿yo decirle algo a Perénguez? Ni loca, no, Perénguez es un vecino muy decente, ya ves, saluda a todo mundo y con todos se lleva bien. Y a fin de cuentas, ¿pa' qué enemistarse con los vecinos, si todos vivimos aquí y nos tenemos que estar viendo las caras?" Así, Perénguez, gracias a su manifiesta ignorancia sobre la ley condominal y a la igualmente manifiesta ignorancia de sus vecinos, y a su buena voluntad, lleva a término el desfiguro arquitectónico que perpetró unos cuantos meses más adelante. Se sale con la suya, vaya. Las herrerías hacen chiras pelas con las del resto del edificio, y tiró un muro que le dijeron los 'maistros'-porque, ¿para qué contratar un arquitecto, si sale más barato con el albañil?-que igual y era de contención, pero que como no estaban muy seguros, igual lo tiraban. Y al seguro le salieron alitas, porque las compañías estipulan que cualquier cambio que modifique, no sólo la estructura, sino hasta la configuración original del inmueble, invalida cualquier indemnización en caso de siniestro y hasta de robo. Pero nadie se enteró. ¿Por qué? Porque a nadie le dio la gana de informarse al respecto. Porque, cuando se muda uno a un departamento cree que con pagar el monto correspondiente y tener las escrituras basta. Porque nadie sabe que los edificios de departamentos, o 'propiedades en condominio', están regulados por una ley propia. Y peor, porque, o nadie se los dice, o a nadie le interesa averiguarlo. ¿Para qué meternos en embrollos con aún más obligaciones, aún más restricciones del gobierno que sólo sabe estar fregando con que 'no hagas esto', 'haz lo otro' y demás? Es mejor vivir en santa ignorancia para vivir en santa paz.

Y ya que entramos en el tema de la especie denominada "condueños", mejor conocida como "vecinos", dejaremos más abundosas consideraciones para la próxima entrega.

lunes 29 de junio de 2009

Metonimias políticas I

En esta época de cierre de campañas, músicas electoreras, actos y mitotes sin fin de candidatos de todos los colores y faramalla política sin ton ni son, junto con las propagandas para ir a votar, y las otras para ir a anular el voto, me ha saltado a mi revuelta cabeza una idea, más que todo sugerida por la irresponsable campaña de quienes aluden a su muy personal concepto de la dignidad para ir a anular su voto: una posible respuesta a las eternas interrogantes de por qué funciona tan mal el país y la clase política.
No voy a afirmar que mi respuesta sea LA respuesta, como muchos teoréticos tienen la soberbia de decir. No, señores. Me limitaré a apuntar unas cuantas observaciones que van de la mano con las inquietudes de la mayoría de la ciudadanía, y, por ende, de los posibles votantes. A lo mejor muchos sienten un ladrillo en la cabeza, igual otros tantos pensarán que de cualquier manera el ciudadano nunca tiene la culpa de nada y es simplemente una 'pobre víctima', como insisten en afirmar los teoréticos de dizquierdas. Como sea, esto, insisto, no tiene visos de ser nada absoluto. Es un simple análisis de nuestra realidad, y un aún más simple intento de respuesta. Dicho lo anterior, baste de retórica, y vayamos al asunto.
Hace falta vivir en la punta de un cerro para hacerlo sin vecinos, más en una ciudad tan apiñada como la nuestra, donde la mayoría de citadinos tenemos como lugar de residencia un departamento sito, desde luego, en un edificio, muy probablemente inserto en una unidad habitacional de mayor o menor tamaño, según sea el caso. Los que tenemos domicilio en régimen de condominio-o 'condemonio', que dijera mi señor abuelo Perfecto, pero para eso ya entraremos más adelante en detalles-nos vemos enfrentados a, o a veces afrentados por, esos seres que reciben el nombre de "vecinos", con los que a veces se vive pared con pared, puerta con puerta, o piso con techo, ustedes eligen de acuerdo a su situación. La configuración anteriormente descrita, que intenta ser una simplistísima reducción de un todo más complejo denominada "unidad habitacional", servirá de modelo de estudio para la presente parábola, metáfora, o, como ya denominamos al principio del texto, metonimia cuando de analizar las realidades del país se trata.
Decíamos, pues, que los departamentos que conforman un edificio con uso de suelo habitacional, esto es, para que la gente viva ahí, y la gente que en ellos habita, se hallan sujetos a algo que se conoce como "régimen condominal". ¿Qué significa lo anterior? Muy simple. Que todos los habitantes del susodicho edificio son 'condueños', es decir, todos son dueños del predio donde se asienta el edificio, ficción jurídico-impositiva con la que se intenta dar la sensación que lo que se tiene no simplemente es una rebanada de aire, que dijera Marco A. Almazán, y con lo que se intenta justificar el que cada 'condueño' pague una cuota de impuesto predial, si la memoria me asiste, igual a la de la totalidad del predio, lo cual hace comprensible el que, cuando se otorgan permisos de construcción, sea mucho más conveniente hacerlo para edificios de ingentes cantidades de pisos con igualmente ingentes cantidades de departamentos, que para una sola casa, o un conjunto de casas.
El ser "condueños" no significa solamente un sacudón de predial. No. El régimen de propiedad en condominio otorga a los condueños a una serie de derechos con pinta de obligaciones, tales como el derecho de tanteo cuando se vende un departamento, o igualmente a impedir el que un departamento se rente. Muchos dirán que cómo es posible que los vecinos tengan derecho a inmiscuirse en el sacrosanto derecho de que goza cada quien de hacer con su patrimonio lo que le venga en ganas, y es aquí donde empiezan los problemas. Pero es muy sencillo: si el que vende su propiedad lo hace, pongamos por caso, a un abogado que en vez de utilizar el departamento para habitar en él lo utilizará de oficina, el resto de los condueños tienen todo el derecho de incoformarse por el uso inadecuado del suelo, o por los posibles inconvenientes que genere el que gente que no vive ahí ande entrando y saliendo del edificio, así sea en horas de oficina, y lo mismo aplica si lo que se quiere es rentar el departamento, ya que no se sabe qué tipo de gente irá a parar al edificio; lo anterior puede provocar, desde fiestecitas con mucho estéreo y mucho ruido a altas horas de la noche, hasta altercados con la policía.
A lo que lleva todo lo anterior es a lo siguiente: en un estado ideal de cosas, el condominio sería, luego, un lugar en donde, al ser todos dueños comunes del predio en que se asienta el edificio, a que las decisiones que se tomen en el edificio sean sancionadas por la comunidad, la cual está sujeta a lo que se denomina Ley Condominal, que establece los términos en que, idóneamente, deben vivir todos aquéllos que son dueños comunes de un predio; todo esto, desde luego, pensando en el mejor interés de todos los que habitan el edificio, y la mejor convivencia. ¿Sí? Pues no.
Vamos a comenzar por lo general para pasar a lo particular. Los condueños están obligados a hacer manifiestas sus intenciones cuando de disponer de su patrimonio se trata, ¿verdad? Y el resto está en el derecho de decir si están de acuerdo o no, ¿ajá? Pues no. Cuando se vende un departamento, los vecinos se enteran cuando se cuelga, o la cartulina fosforescente con un número de celular de la ventana del departamento que se perpetra vender, o cuando aparece el letrerito de la omnipresente agencia de bienes raíces de todos conocida, la de los letreritos amarillos con negro. ¿Y cuando se renta? Menos. Todo mundo se entera que se rentó un departamento cuando llega el camión de la mudanza. Lo anterior puede obedecer, o a manifiesta mala fe de quien piensa que a los vecinos qué les importa lo que se haga con equis departamento, o de plano, a simple y llana ignorancia de que el protocolo anterior se debe de seguir. Amén de que, si se convocara a una junta porque el vecino Zutanes quiere vender, nadie iría, porque a nadie le importa, a pesar de que es derecho y obligación el hacerlo. Lo que nos lleva a la siguiente consideración.
Como ya se mencionó anteriormente, las decisiones que se tomen respecto al edificio deben estar avaladas por una mayoría de vecinos, ¿verdad? Pues no. Porque se cita a la junta para hablar de equis asunto a las tales horas, seguido de otro citatorio para media hora después si no se ha reunido el quorum requerido, para hacer una última llamada para realizar la junta con los que estén, que generalmente son tres gatos, los mismos de siempre, que decidirán algo con lo que, después, el resto de la no-concurrencia mugirá que no está de acuerdo, aunque no haya asistido.
Ya nos hemos extendido bastante por el momento. Para no aburrir a los amables lectores, el día de mañana continuaremos con esta Metonimia Política, esperando sus amables comentarios.